13/02/2013

LUMBRE DE CIERVOS, UN REGRESO AL NOMADISMO Y A LA NIEBLA / Paura Rodríguez Leytón

Lumbre de ciervos, el segundo libro de Emma Villazón, es el resultado de un laborioso oficio de cultivar poesía, una incursión respetuosa al espacio onírico que brinda la palabra en su estado puro.

Desde mi lectura, Parlamento, el segundo poema del libro, es la piedra angular que da pie y sustenta el recorrido que nos ofrece el conjunto de versos, que mantienen un ritmo interior permanente, y se depositan confiados sobre un sólido andamio que le permite dar giros, hacer muecas y moverse con certeza en un terreno pantanoso.

Nadie parte fácilmente y quizás nunca del todo/ de instancias mayores, sobre todo del lugar de origen, de esta torre ambigua y amenazadora, siempre hambrienta de sueños idénticos, advierte la poeta en Parlamento.  

Y el título del libro invita a pensar en una lumbre tenue, ambigua, a veces fría, en otros casos cegadora y, sobre todo, una lumbre cuyo origen palpita en la piel de lo animal. 

Esta lumbre podría ser tácitamente comprendida como la belleza pero la trama del libro y los recodos que ofrece, a veces como reflexiones, a veces como asaltos lúcidos, a veces como señales de desconcierto, nos precisan que esta lumbre de ciervos es algo más, es la belleza en sí pero atravesada por otros caminos y quizá uno de ellos sea el de la búsqueda. 

Un ciervo de corto pelaje y de fuertes músculos, habita un bosque umbrío y húmedo y la poeta, ingresa en él, a buscarse a sí misma, quizá guiada por esa lumbre, quizá alucinada. La lectura del libro también nos permite vislumbrar que tal vez no se trata del ingreso a un bosque, y que la poeta no va necesariamente al encuentro de nadie, porque ella es el ciervo. Se trata del viaje a un territorio mutante del que se puede pensar que es la propia poesía, así, indefinible; capaz de desentrañar las cosas terrenas desde un oráculo, que luego de cada palabra que pronuncia se va diluyendo y cae como arena a la arena. 

Y entonces ahí está la certeza de lo incierto: No he desaparecido, estoy en un sueño/ revestida por otro viento de sueño,/ en el que no puedo fiarme de los nombres/ de mi cuerpo ni de los días venideros, confiesa Emma en Balada de Sophie Podolski contra la desaparición.

Más allá de la certeza de lo que no se sabe ni comprende están el viaje, la partida, la migración, la casa que nunca dejamos, el cuerpo como la habitación más desconocida, la palabra como un hueso que se puede roer eternamente: Abandonarse al reposo ciego/ Para brotar la voz que descarcare crustáceos escribe Emma pero es tan profunda la búsqueda que este abandono no se resigna, y hay otras posibilidades que permiten que a partir de la voz ocurra lo cruel, lo que devasta y entonces dice Emma: habrá que ahorcar la voz.

 La lectura de Lumbre de ciervos es el ingreso a un espacio de numerosas posibilidades, a una casa que es la primera, la segunda y la tercera de las que habla la autora, pero que en definitiva sigue siendo la misma: es el encuentro con habitantes que exigen y gotean, es la mirada hacia un cielo que se desdobla.

Y no podemos olvidar al ciervo, al ojo abismal del ciervo, el ciervo-poeta; el ciervo-madre; al ciervo-hijo; el ciervo-amante. En él confluyen todos los ‘yoes’ de la que escribe (Emma) y del lector, cualquiera que fuese este.

En todo este viaje, hay un ancla que lucha por mantener lo cotidiano presente, lo de cada día, lo que nos hace humanos y es así que la poeta escribe: No he desaparecido, cavilo en mi cuarto, pájara curiosa, sobre las ejecuciones del tiempo./ No me protejo, Enmascarados vibran afuera de los siglos, espías de mis vocablos sin regreso.

Hay otros puntos que señalar, como que el oficio de ser poeta también está en la reflexión. ¿Es posible dar respuesta a la necesidad de escribir? ¿Dar explicaciones a ese tic que (cito) desteje oscurantismos linguales de gente errante?

De la lectura de Lumbre de ciervos me quedan imágenes poéticas impecables, misteriosas certezas y un acercamiento a lo etéreo; pues se trata de un regreso al nomadismo y a la niebla.

08/02/2013

ÁMBITOS DE LA LITERATURA /

Un sitio para aproximarse ciertamente a la literatura que se estudia y produce en Bolivia es el que ha desarrollado la Carrera de Literatura de la Universidad Mayor de San Andrés. Aquí el link: Carrera de Literatura. Un excelente espacio para comenzar a comprender la realidad de la expresión literaria del país.

Eros y Tánatos en los cuerpos del ciberpunk
Jessica Freudenthal

Una reflexión sobre la influencia de los videojuegos en la ciencia ficción
Matías Contreras

Entidades pasajes: una lectura espacio-corporal del (y desde) el Ciberpunk
Bernardo Paz

Ciberpunk: el cuerpo máquina o el individuo virtual
Débora Zamora


18/01/2013

LUMBRE DE CIERVOS / Emma Villazón

Un pequeño adelanto del libro "Lumbre de ciervos", de Emma Villazón, que será presentado por la poeta Paura Rodríguez y el narrador Saúl Montaño, el próximo miércoles 23 en el Centro Cultural Santa Cruz (Santa Cruz, Bolivia).

Cé Mendizábal ha escrito: "Emma Raquel Villazón es la re-creadora de una poética que se mira y se lee con una mezcla de admiración y asombros de distinto ropaje, pues no solo raspa y raspa sobre un lenguaje de variada hondura y densidad, sino que además comprime y estruja la sintaxis —como para decirnos que el laberinto es el sueño de la línea recta—, e incursiona en lo hermético como para decirnos que es necesario voltear y lanzar las piedras al aire para descubrir sus sentidos y nuestro sentido".



Sueño del hijo

Sube a un alto puente y mira los techos codearse
con la desnudez del cielo; es un paisaje tan celeste umbrío
que imagina se esparce un ángel.
 —Todavía no sé si tengo el hijo, dice.
¿Qué hijo? En el sueño me daban el hijo en un cerro
en una aventura alpinista entre ramas copas densas caía
redondo rosado granada germen taurino auténtico —las píldoras
traicionaban entonces (a pesar de la marca) y los cerezos
volvían sus manos dulzonas en gesto de despedida

No sabía qué pérdida desde mi cuerpo emergía
de pronto venía el hijo como el nombre de un
dios cerrado o un indio coloso con el que solo se puede
hacer piruetas para no caer ante él; luego él lloraba
en mis brazos ¿¡Un indio coloso!? Sí, sobresalía él, pequeño
salvaje untuoso robusto en mi pecho e iba hacia mariposa o marca glacial infinita
cargado a mí lo llevaba a mi oficio de espía de tramas y arbustos

Lo único que sabía era que él no era mío a leguas lo olía
aun así, depositaria de zumbidos secretos, de un boquete terroso fluctuante
me asumía, debido a un ser no mío, siempre en el
sueño: él me devoraba una oreja lentamente con su boquita
en acción conjunta con la almohada
el colmo de lo extraño me venía el hijo, el no-hijo
 —Todavía no sé
                                                      si voló





Líneas sobre la tierra

Lo que no estaba, lo que desconocían los mercaderes,
los jinetes, un asomo de sol instintivo. Desde su médano, pedía crédito
el día. Nadie sabía adónde habían volado las parteras (solo el aire las oía,
atrapadas entre musgo y barro), mientras los perros
cometían el letargo. Era el tiempo de la caravana crecida, 
con su traqueteo de bienes descalzos y dientes límpidos,
desde donde todas las páginas decían empezaban. Como si
las ramas del deseo tuvieran raíces fijas, contables.
Nudo: Los mercaderes creen en el origen, en la perpetuidad
de la economía familiar, confían en que traspasan
horizontes sobre caballos coherentes.
Nudo II: Los mercaderes creen en ellos mismos,
lo que es lo mismo que decir en el mercado pero como principio infinito.


[en breve subieremos más textos de Emma Villazón (Nace en Santa Cruz de la Sierra, 1983. Es escritora y licenciada en Ciencias Jurídicas, Políticas y Sociales. Cursó la carrera de Filología hispanoemaricana en la UAGRUM. Ganó el Premio Nacional "Noveles escritores" de la Cámara Departamental del Libro de Santa Cruz, con Fábula de una caída (2007). Actualmente residen en Chile, donde cursa el Magister en Literatura latinoamericana y chilena en la Universidad de Santiago de Chile

15/08/2012

LOS TRES CIELOS / Homero Carvalho


Una nueva antología, esta vez el turno de los poetas del oriente. Los tres cielos, se presentará próximamente auspiciada por la Fundación Cultural del Banco Central de Bolivia, Otro Arte para el diálogo y el desarrollo de las artes contemporáneas y bajo la mirada del escritor beniano Homero Carvalho.

El trabajo está compuesto por 46 autores de diferentes generaciones, todos nacidos o relacionados fuertemente con la región amazónica de Bolivia, integrada principalmente por los departamentos de Beni, Pando y Santa Cruz de la Sierra. 

"El imaginario literario cruceño está marcado por lo amazónico como se puede apreciar en la poesía de Raúl Otero Reiche" dice Homero y explica que no incluyó poetas paceños porque "su cosmovisión y su espíritu son más andinos" ni "a los hermosos cantos, mitos o leyendas de los cerca de 30 pueblos indígenas que habitan esta región, por formar parte de la tradición oral", esencialmente.

Sin embargo, el autor no evita cuestionarse si "¿existe la poesía amazónica boliviana?", una escritura que tendrá qué particularidades o quizá responderá a qué temáticas. "(...) existe una cultura que está definida tanto por la cosmovisión como por el lenguaje de las etnias que la habitan, que han fijado una manera de pensar y de sentir el universo (...)", fundamenta Carvalho.

Los tres cielos propone una lectura contextual de un conjunto diverso de autores unidos por un entorno geográfico común. Entre los textos se puede leer a Pedro Shimose, Gary Daher, Nicomedes Suárez Araúz, Blanca Elena Paz o Paura Rodríguez Leytón, por mencionar a algunos de la vasta selección. Todos ellos arriesgando, como expresa Homero, su interpretación del paisaje y el conglomerado que forman su gente y la cultura que lo habita.

La antología viene a sumarse al conjunto de libros que colabora al proceso de circulación y difusión de autores, en este caso, perteneciente a una región.



Homero Carvalho Oliva (1957) Escritor y poeta boliviano. Ha publicado tres libros de cuentos, siete novelas y cuatro libros de poesía: Cuerpos (1995); Las puertas (2006); Los Reinos Dorados (2007) y El cazador de sueños (2010). Ha obtenido varios premios de cuento en Bolivia y otros países, además del Premio Nacional de Novela de Santa Cruz, con Memoria de los espejos (1995) y La maquinaria de los secretos (2008). Su obra literaria ha sido traducida a otros idiomas, además de figurar en más de veinte antologías nacionales e internacionales.

13/08/2012

LENGUA GEOGRÁFICA / Pamela Romano

Las naranjas de otoño

soy algo
con lo que has soñado toda tu vida: seguramente
y huelo a acetona / desaliñada / despeinada
subiendo mi escote
una manera de decir que el encuentro es prolongado
en los lugares supuestamente prohibidos a los que acudo regularmente
y pido:
que mi madre nunca se entere de esto
por su bien
desde entonces -extraño- estuvo la piedra
como si alguien hubiera tocado la puerta y saludado por casualidad
pasaba / además ya te veía
te adivinaba en los quehaceres más absurdos
todo
el trayecto y la aventura de la frutera a la verdulera cuando regateabas
en es mercado miserable el precio de lo que se traga lo mismo
a cuando hablabas concienzudo con mi madre (gran chico)
para qué estamos –me pregunto– considerándonos
civilizados o simplemente algo coherentes: almorzamos

y caminamos de la mano luego para hacer digestión –asumir
con gran alarde el compromiso mutuo / a reglón seguido
caligrafía eximia / miramiento serio
del margen y pulcritud de Severino al borde de un ataque de nervios
que es en rigor lo que se dice ES (mayúsculas) esto el amor.
gran hallazgo

todos los días pierdo una llave y me las arreglo: trepo

lo que intuyo es mi propia casa y digamos paso por usurera
de las pepas que todos dejan después de haber comido endulzados (babeando)
una naranja en pleno otoño: en pleno umbral de mi puerta
por alguna razón
amanezco

demasiado empijamada en esa cama que me pertenece hace años
soy verdaderamente ejemplar
al abrir los ojos (otra vez) y pestañar / corresponde la visión
y las uñas ante ti / y ese cuaderno de 100 hojas que me regalaste
gran ocurrencia – para que escriba:
ciertamente

todo (se) acaba -prolongado al cien / escribir al revés a cuenta regresiva
99 98 97 etc- y todo queda: o tantos errores ortográficos incorregibles
o mejor quitar hojas romperlas -adelantarse- cuando se sale a la calle sabiendo
ya sin alhajas ya sin tintes / algo bajo el brazo

que es realizar la imagen del cero


Pamela Romano (1984, La Paz). Poeta, crítica de arte y artista audiovisual. Licenciada en Literatura por la Universidad Mayor de San Andrés. Hizo una tesis sobre la expresión neobarroca en Bolivia desde distintos soportes como la literatura, el cine y la pintura. Ha publicado el libro "Lengua geográfica" (Plural, 2009) con el que obtuvo Mención de Honor en el Premio Nacional de Poesía "Yolanda Bedregal". Su obra poética está recogida en varias antologías latinoamericanas. Tiene inédito el libro "Huasa".

En CIRCULO DE POESÍA, nuestra colaboración.

LA BESTIA ENSANGRENTADA / Paola Guardia Arzabe


"(...) No me conmueven las lágrimas sino la tristeza. Me conmueve la vida aunque no me emocina. No me asombran las enfermedades, ni estertores de muerte, ni cotidianas bajezas, ni mezquindades. Me enternece la humanidad de la carne. (...)"


Paola Guardia es una artista particular, dedicada a explorar las técnicas gráficas creativamente. La pintura, la ilustración y la serigrafía se han convertido en su oficio, pero no el único.

El trabajo compuesto bajo el título de La bestia ensangrentada (2009), está integrado por tres textos y más de 20 serigrafías, algunas de ella conformando una superposición de colores que refiere a la impresión offset.

Este libro editado integramente a mano bajo su primer sello, "La maquinita", es de una profesionalidad difícil de decir sin sonar aduladora. Actualmente, "Mano de mono" (el nuevo sello) se ocupa de impresiones planas en serigrafía, (de más está decir) continúa realizando los trabajos enteramente a mano.

Otros y yo. un crecimiento interno que padece el mundo externo, avanza recorriendo los sitios vitales del cuerpo. Sister. "¿qué y quién me faltaba?" la dualidad más que bilateralidad deviene en un mundo familiar de adversos. Finalmente, La bestia ensangrentada. "sin preguntas nadie la recuerda" viene a concluir una trilogía que abre, justamente, preguntas como contraseñas.

Las imágenes van variando su figuración hasta el final, en una serie de color y concentración de negro, de pleno negro grafismo a trazos gestuales; impactan vivamente el ojo.


Paola Guardia Arzabe. artista. Participó en exposiciones colectivas del SIART entre 2001 y 2005; individuales, entre 2004 y 2009. Obtuvo Mención de honor en el Salón de Arte Joven (2003). Su trabajo fue difundido en las revistas: Crash, Gringo muerto y Estroboscopio. Integró la exposición La fiesta pagana, Cien mujeres, cien óleos y es parte del grupo Lápiz.

23/06/2012

ENTRE LA MARAVILLA Y EL MIEDO / Emma Villazón


Difícil hacer algo semejante a una descripción del reciente poemario de Paura Rodríguez Leytón Como monedas viejas sobre la tierra (La Hoguera, 2012), cuarto libro de poemas de la autora, debido a la profusión de secuencias oníricas hiladas de forma tan depurada que presenta, y a la vez por el carácter críptico de los versos —y digo críptico en el sentido positivo del término, ya que ofrecen sensaciones fuera del código convencional de coordenadas sensitivas de la vida diaria. Pero justamente en ese rasgo esencial reside mi atracción por la obra y mi necesidad de hablar de ella, en la capacidad que tiene para deslumbrar a través del recorrido de una voz poética —el libro consiste en un largo poema organizado en estaciones numeradas— que transita por el monólogo y luego interpela a un otro y a una otra indeterminados, revelando experiencias plásticas desconcertantes, cuya fuente además de la alquimia con la palabra pareciera surgir de una relación con los sueños. 

Escuchemos: “Una pared alta,/ de tierra/ abre un espacio extraño en mi memoria”; “He me aquí transparentada/ por una luz cenicienta/ lamiendo los dedos para contar las horas”; “Mi lenguaje a ciegas/ los caminos como horas diluidas:/ semillas dispersas en la arena”. Desde el comienzo del libro se cruza un umbral donde raras imágenes suceden y aluden a una resistencia contra el olvido a la vez que a la necesidad de una aceptación amable de la transitoriedad de la vida. Complicada tarea. La conciencia de lo que hace el tiempo en el cuerpo provoca asombro, daña, pero también es una buena señal porque “el asombro mantiene vivas las venas”. La dispersión de la identidad da el tono del poemario, uno de constante sorpresa y peligro, donde a la vez hay cierta referencia al poder que tendría la voz poética para lanzar augurios y descubrir otras realidades: “Juntos lamiendo la oscuridad/ remachando el silencio/con augurios cotidianos”; “te adormeces buscando la verdad”; “esperamos siempre/ que vuelva/ el sigilo de los secretos menudos”, característica esta última que me recuerda a esa figura del poeta que se asoma a lugares sagrados y devela una verdad más trascendente, búsqueda poética en la que el hablante asume el lugar del médium, y que fue, en su momento, explotada por el surrealismo. Pero pienso, más precisamente, en Olga Orozco al percibir este camino en Paura. Por ciertos momentos, creo algo de la práctica orozquiana resuena en Como monedas viejas sobre la tierra en más de un sentido: primero, como señalé, en comprender la voz poética como la de una oficiante o sibila, o un puente que une lo perdurable con lo momentáneo, lo invisible con lo visible a través de la experiencia onírica; y segundo, porque en ambas permanece como un principio la idea de que la tensión desgarradora que se vive a causa del tiempo puede resolverse de alguna manera en el poema, es decir en ambas está la creencia de que el poema salva; cito a Paura: “Un poema podría ser el mejor refugio para tus huesos,/ para tu fémur olvidado”, y a Olga, que, en un breve texto titulado “La poesía”, dice que el poema es un acto de fe, “como un poco de salvación en el fondo de la pérdida, o como el alivio de haber salvado el lenguaje después de haberlo expuesto al mayor de los peligros”.

Pero para que tengamos una idea aún mayor de la intensidad de Como monedas viejas sobre la tierra, podríamos imaginar la experiencia de lectura como el ingreso a un sendero confuso, de fácil y seductor extravío, donde el yo hace una labor de sanación, de afirmación de la vida, a través de ritos domésticos, sufriendo ciertos vértigos (“mejor no reavivar la llama,/ mejor no estar así arrimada por lo que no sé”), y donde también pide caminar con un otro (“Juntas/ las formas de nuestros pies/transitan el delirio del olvido”), y asimismo, como mencioné, donde se establece un diálogo con una otra: “Mi lenguaje/ recuerda que hacías pedazos los papeles,/ y que cruzabas descalza la noche/ en la que hacía falta un diván amarillo”, interlocutora sobre la que coincido con el poeta Antonio Terán, quien hace el prólogo del libro, en que podría ser la misma poesía. Ante esta “otra”, la voz poética encuentra un regazo, se da el éxtasis “entre maravilla y miedo”, “los versos caen/ como monedas viejas/ sobre la tierra”. De esa manera, entra en juego en la obra la imagen de los versos como monedas antiguas, como objetos intercambiables fuera del orden de la economía imperante, pues circulan en el ámbito de la escritura, donde los valores de la cotidianidad entran en quiebre, y lo más antiguo puede ser lo más nuevo y deslumbrante; es decir, circulan en un espacio donde todo es posible.


Paura Rodríguez Leytón (1973). Es poeta y periodista. Mereció el Premio Nacional de Poesía convocado por el Gobierno Municipal de Sucre. Sus últimos poemarios son Ritos de viaje y Pez de Piedra.

02/03/2012

RESTOS DE UN CIELO / Marcia Mogro

"Restos de un cielo" partes. vestigios. fragmentos. rastros, es el último libro de Marcia Mogro. Publicado por Plural (2011) la edición permite intuir una bellísima ilustración de tapa realizada por Germán Gaymer Rowe.


"Los Selknam (onas) y los Kawéskar (alacalufes) junto con los Yámana, antes de ser exterminados eran los pueblos indígenas más australes del planeta, ubicados en la Tierra del Fuego y en los fiordos del suroeste de Chile, donde aún sobreviven algunos seres humanos que representan a esas etnias protohistóricas del mundo (como los Urus en Bolivia). Pero ¿qué tiene que ver este hecho antropológico con un libro de poesía? Ahora todo.

Pues resulta que la honda palabra poética de Marcia Mogro (Semiramis, 16MG, Los jardines colgantes, De la cruz a la flecha, Lacrimosa, Excavaciones) en este su último libro compone un solo poema de largo aliento, en el modo de la poesía concreta, exenta de subjetivismos, desplegando una plena y rica madurez expresiva para hablarnos de esos pueblos canoeros del mar, desaparecidos, asesinados, cuyos cuerpos eran tirados al mar desde el amanecer hasta el anochecer por el invasor europeo o mestizo.

Con lúcida evocación del avasallamiento y el genocidio, el poema nos dice sin concesiones cómo se arrasó la paz y la belleza de unas culturas irrepetibles, las cuales en un medio ambiente extremadamente inhumano transformaban todas sus actividades cotidianas/ en sublimes/ y elevados/ actos/ de amor. Aquellos que fueron llevados a Europa para ser expuestos como curiosidades semihumanas, aberraciones semianimales, en ferias de la civilización rampante. De ellos sólo han quedado los restos de un cielo: partes, vestigios, fragmentos, rastros estremecedores y alucinantes, que la alta y tensa sensibilidad de la visión poética de Marcia nos permite conocer y saberlos transcurriendo en abismales soledades."

Contratapa: Alvaro Díez Astete.

15/02/2012

EL VALOR FUNDAMENTAL DEL INSTANTE VIVIDO / Guillermo Augusto Ruiz

Entrevista a Eduardo Mitre.-
Autor de una extensa obra poética –que comprende, hoy en día, once poemarios–, así como de cuatro antologías poéticas donde incluye ensayos sobre las obras recogidas, Eduardo Mitre (Oruro, 1943) es sin duda uno de los mayores representantes de la poesía boliviana contemporánea y, a la vez, de su faceta crítica. Partiendo de sus dos últimos libros, en poesía y ensayo respectivamente –Al paso del instante (Valencia, Pre-textos, 2009); Pasos y voces (La Paz, Plural, 2010)–, esta entrevista, que generosamente Eduardo nos concedió desde Nueva York, pretende dar un repaso retrospectivo, mas también volcado hacia el porvenir, de la labor del escritor boliviano. 
 
I. La poesía

Tus últimos poemarios –El paraguas de Manhattan (2004), Vitrales de la memoria (2007) y Al paso del instante (2009)– parecen formar un tríptico, en el cual alternan la presencia de Nueva York y la memoria de tu Bolivia natal. Ahora bien, El paraguas es ante todo celebratorio, mientras que Al paso del instante es predominantemente melancólico. ¿A qué atribuyes esta inflexión?
El paraguas de Manhattan fue escrito desde el asombro que produjo en mí el descubrimiento o redescubrimiento (viví antes en Manhattan) de esta entrañable ciudad; en tanto que Al paso del instante, desde la extrañeza (uno de los poemas se llama justamente “Extrañamiento”) y, sobre todo, desde la conciencia de la preciosa fugacidad del tiempo. Tal vez la mejor cifra del libro sea el verso magistral de Nemerov que va como epígrafe del libro: In the instant absence of forever: now.

Ya desde el título, Al paso del instante, pareces afirmar tanto la realidad del instante como la irreversibilidad del tiempo. Aparece entonces un “instante trizado”, fragmentado en el tiempo y el espacio. ¿No es esta fragmentación contraria a la voluntad de “construir la morada”, como leemos en tu primer libro, Morada (1975)? 
Tanto o más que “el carácter trizado” que anotas, esos poemas comunican la naturaleza fugaz e irreversible del instante. La comparación o referencia a Morada me impulsa a señalar una diferencia: el espacio en este libro es predominantemente íntimo, el de la pareja; en cambio, los ámbitos o escenarios de Al paso del instante son los de la ciudad. El primero, diseña el espacio de la presencia, la permanencia; en el segundo, no hay sino tránsito y transeúntes, pasantes. 

En “Arte poética”, el primer poema, y en el que le sigue, aparece la figura del ángel, como “leve” e “inmune al tiempo”. ¿Cómo entra en tu poética, que es terrenal, esta figura celeste? 
No es —que yo recuerde— una figura recurrente en mi obra; su aparición en el poema mío que citas acaso sea una cifra del aliento del poemario, del instante poético; el ángel, los ángeles, aparecen y desaparecen, como las visiones de los pasantes que propiciaron el poemario: la madre y el niño falto de un brazo, la hermosa mujer que detiene un taxi, ingresa en él y se pierde en el tráfago de la ciudad; la pareja de ancianos esperando el autobús…. Así, el ángel sería la cifra de la escritura a la cual aspiro: ágil, intempestiva, ligera, es decir: vivaz. Y a propósito, escribí un poema breve, inédito, que excluí del poemario, cuyo título es precisamente “El ángel del instante”; transcribo tres de sus cuatro estrofas:

Va con las alas plegadas
pues prefiere la marcha al vuelo,
la tierra y las calles planas,
a los riscos y montañas.
Sin memoria ni nostalgia,
el aquí y el ahora:
son el espacio y el tiempo
de su efímero reino.
———
Ahora encarna en el reflejo
del rostro de una muchacha
que de paso por la plaza
se contempla en el espejo. 

En “Vías” –poema de Ferviente humo (1976)– leemos este precepto: “agarrarse al oído –no a lo ido”. Sin embargo, a partir de Vitrales de la memoria, el recuerdo es fundamental en tu poética. ¿A qué se debe esta inversión?
Vivir es construir recuerdos, escribió Huidobro. Estos cobran preponderancia en mi poesía al sumarse los años y, con ellos, las pérdidas de presencias amadas. En Vitrales de la memoria trato de recuperar los paisajes de mi infancia y adolescencia: el Altiplano orureño, el balneario de Capachos; la casa paterna, los “chaucheros”, la plaza Colón y los cines de Cochabamba; paisajes adonde vuelven presencias familiares de entonces (el tío, el abuelo, el condiscípulo de la escuela, los compañeros de juego), así como memorables figuras de diversos ámbitos: el payaso de circo, Marilyn Monroe, Natalie Wood, Enrique Omar Sívori. Esos poemas son elegías, pero siempre más rememoración que lamento, en una escritura obediente al deseo de prolongar su permanencia en la memoria; son, pues, vitrales verbales que apuntan a revivir, a fijar en la página lo vivido y perdido.

A partir de Camino de cualquier parte (1998), pareces tomar partido por las formas poéticas más bien tradicionales, sobre todo la copla y las formas estróficas formadas por asonancias irregulares. Sin embargo, en tus primeros libros, es importante la experimentación formal (poesía visual, poemas en prosa, etc.). ¿Cómo lo explicas?
Sí, Morada y Mirabilia, son libros de una exploración y experimentación lúdicas del lenguaje, de un lenguaje visual, como dices. La tradición de una poesía caligrámica y de la poesía concreta, a más del poema en prosa, son las pautas que rigen a ambos libros. El cambio o la inflexión que observas en mi obra posterior, surge a partir de un poema-libro: Desde tu cuerpo, inspirado en el nacimiento de mi hijo Gabriel. Se trata de un poema extenso, que concierta varios temas y tramas: el nacimiento y crecimiento del hijo, la celebración del cuerpo, la reflexión sobre el lenguaje, la violencia de la historia… Ese poema tiende un puente formal hacia mi poesía posterior, la cual se ajusta a formas poéticas tradicionales, en las cuales se plasman composiciones —en el sentido musical del término— como “El viento”, “La lluvia”, “El verano”; esa poesía de los elementos que ha destacado Antonio Muñoz Molina. Es obvio que esos poemas son inseparables de la forma en que se gestaron y plasmaron. Me gustaría destacar aquí el carácter narrativo que tienen, ya que comportan, como los cuentos o los romances, una suerte de trama y un desenlace.

A mi ver, tu poética presenta ciertas afinidades con la del francés Yves Bonnefoy, en la medida en que ambas hacen del acercamiento a la realidad no sólo un objetivo, sino una problemática fundadora. Bonnefoy, al hablar de esta empresa, afirma que es “inacabable” (l’inachevable). ¿Crees, como él, que resulta imposible acercarse a lo real a través de la palabra? ¿Es este tipo de poesía la crónica de un fracaso anunciado?
Cada poema sería una ventana abierta al mundo –exterior e interior–. En consecuencia, mucho depende de la mirada que mira a través de ella. Desde luego, la realidad permanece indecible en su totalidad, sólo podemos avizorarla y, sobre todo expresarla, parcialmente. En cuanto al carácter inacabable que, según Bonnefoy, tiene la empresa poética, depende del sentido que demos al término que él utiliza. La obra, en efecto, es inacabable, porque, por una parte, no apresa, por más que se proponga, toda la realidad, pues, al margen de los límites del lenguaje, ésta se halla en perpetua gestación o cambio. Además, toda obra tiene un carácter inacabado, porque es susceptible de perfeccionamiento –aunque hay tantas obras de una plenitud tal que no me las imagino de otra forma.

En tu poesía el sujeto es abiertamente personal y autobiográfico desde Razón Ardiente (1982), lo cual se confirma y acentúa en tus últimos libros. Ese yo poético que tantos modernos, en reacción al romanticismo, han ocultado a favor de un sujeto impersonal, ¿por qué lo reivindicas?
La persona poética que habla en mis poemas no siempre es autobiográfica; pues en ella se habla frecuentemente de las cosas y, a menudo, de otras personas. En Razón ardiente, sí, hay fragmentos autobiográficos, pero son sólo fragmentos que se insertan en otros que se refieren a hechos que trascienden lo personal, de modo que ese “yo” deviene, en la experiencia del exilio que testimonia, un “nosotros”. Además en la lectura cada lector se convierte en el autor o sus personajes, así como éstos se confunden en el lector. Sin esa metamorfosis o mimetismo camaleónico, la literatura, la poesía, no serían posibles.
Desde luego, reivindico el sujeto, la subjetividad irreductible e inabarcable de la persona, en un mundo en que cada una se halla cotidianamente amenazada de convertirse en un ente de condicionamientos, de reacciones y reflejos, en decir, en un robot o en un fantasma.
II. El ensayo

En Pasos y voces (2010), afirmas que lo que distingue a la poesía boliviana es una “continuidad cambiante”. En general, a tu ver, ¿qué es lo que tiende a cambiar?, ¿y qué es lo que permanece?
Me refería concretamente a la ausencia en nuestra literatura de manifiestos vanguardistas, frecuentes en otras literaturas como la chilena, argentina o mexicana. Las dos generaciones de Gesta Bárbara, que corresponderían al movimiento de las vanguardias, asumen desde su nombre –suerte de homenaje a Ricardo Jaimes Freyre– un reconocimiento de la tradición modernista. Por lo demás, las continuidades temáticas y estilísticas que señalo en Pasos y voces, por ejemplo, entre Hilda Mundy y Jessica Freudenthal, o entre Yolanda Bedregal y Mónica Velásquez, tan distantes entre ellas cronológicamente, ilustran la continuidad a la que me refiero. Otra constatación que me deparó la investigación para ese libro es descubrir el hecho de que las fundadoras de la vanguardia en Bolivia son tres mujeres: Hilda Mundy, con Pirotecnia —su único libro de poesía, publicado en 1936—, Yolanda Bedregal con varios de sus poemas de Naufragio, también de 1936, y María Virginia Estenssoro con El occiso, (1937), poema que temática y aun estilísticamente, anuncia la poesía de Jaime Sáenz. 

En 2009 salió una antología de jóvenes poetas bolivianos, titulada precisamente Cambio climático. En general, ¿te parece ésta una muestra de ruptura o más bien de continuidad en nuestra tradición?
Lo que tengo que decir sobre esa notable antología se halla en un artículo o reseña de la misma publicada también en Internet, de manera que no vale la pena repetir aquí mis opiniones (cf. “Notas a una antología”). Simplemente, me parece ya anacrónico hablar de ruptura, un concepto muy vanguardista, en una época en que, en rigor, ya no hay tales. Lo que hay en su lugar es una pluralidad, que por momentos trasunta una atomización, globalizada, pero atomización. Una de las ironías que refleja la lectura de esa antología es la profunda soledad de los hablantes, a menudo inmersos en un ámbito poblado de medios tecnológicos de comunicación como la Internet y la televisión. 

Tus ensayos no son panegíricos ni anatemas. Sin embargo, no temes poner en valor ni criticar ciertos aspectos de la obra que estudias. Como ensayista, ¿te parece posible establecer un límite entre la objetividad y la subjetividad en el momento de apreciar una obra?
Un límite objetivo, científico, es imposible: toda lectura, por erudita o académica que sea, implica una sensibilidad, un gusto personal, incluso prejuicios. Lo que tengo en cuenta antes de escribir un ensayo, es si la obra a la que me aproximo, me atrae, y si tengo o encuentro algo que decir sobre ella. Esa misma atracción o fascinación que ejerce la obra, me obliga a una fidelidad con ella, la cual no es otra que hacer una lectura apasionada y a la vez crítica. 

En un ensayo, escribes sobre cierto poemario: “Menos experimental, con una escritura lineal, la segunda parte me parece más convincente”. ¿Significa ello que desconfías de la experimentación? ¿Crees que es aún posible innovar en poesía?
No me opongo a la busca de nuevos modos expresivos, a la experimentación indagadora, sino a ciertas prácticas escriturales que pasan por tales y son, en rigor, un ejercicio de la pereza, del facilismo. Así ocurre con frecuencia en la práctica inflacionaria del haiku y de otras formas poéticas.

¿A qué nuevos pasos y voces de la poesía boliviana te has acercado últimamente? ¿Estás preparando una nueva antología crítica?
Me encuentro en una etapa de lectura y reflexión; no tengo en mente aún un proyecto ensayístico o antológico claro. De lo último que he leído en el ámbito de la poesía en Bolivia, me impresionaron favorablemente los poetas que señalo en mi reseña a Cambio climático: Sergio Gareca, Guillermo-Augusto Ruiz, Emma Villazón Richter, Pamela Romano, entre otros.
III. La lectura

Si la biblioteca es la patria del escritor, ¿qué libros fundamentales conforman la tuya?
Los clásicos de siempre: Homero, Cervantes, Shakespeare; pasando por San Juan de la Cruz y Fray Luis de León; Lope de Vega, Góngora y Quevedo; y los clásicos modernos, Walt Whitman y Emily Dickinson, Baudelaire, Wallace Stevens y Octavio Paz –para nombrar solo algunos que releo con frecuencia. 

Leer y escribir poesía… ¿qué sentido le das a esas actividades en el mundo de hoy?
Leer poesía, descubrir una voz singular, o releer las clásicas, siempre me significa una experiencia enriquecedora. La incidencia de la poesía en las vidas de las personas es imposible de mensurar. Su presencia en la historia, sea como motor utópico o como espejo testimonial de las injusticias y estragos de la misma, es cada vez más limitado, como lo es su aliento para propiciar un cambio. Pero mejor no caer en el pesimismo y escuchar aquí a Yves Bonnefoy, quien en una entrevista dice:
La poesía es aquello que quiere liberar a los hombres de los prejuicios y quimeras que los empobrecen… hoy sólo pensamos y hablamos de manera conceptual, es decir, sirviéndonos de nociones y representaciones generales, que nada saben del tiempo, que nos hacen olvidar nuestra condición de mortales, que nos impiden comprender el valor fundamental del instante vivido, que nos alejan de los demás seres, unos seres que sustituimos por la idea abstracta que nos hacemos de la humanidad y de cada uno en particular.
Destaco la frase: «el valor fundamental del instante vivido»; la cual, me parece, puede ser un buen epílogo a este diálogo. 


Fuente: Ecdótica. Publicado con autorización del autor.

09/02/2012

LA POESÍA BOLIVIANA, ESA DESCONOCIDA / Gabriel Chávez Casazola

Un signo de interrogación. Un signo que guarda un enigma a su vez escondido entre montañas. Así suele verse a la poesía boliviana desde fuera.  Y aun esto es un decir, pues casi no se la ve.  O no se la ve en absoluto, pese a que Bolivia tiene una rica, fecunda –y sobre todo vital- tradición poética.  Y pese a que las montañas andinas son solo la porción occidental de un vasto territorio de valles y selvas, que desciende al naciente con los ríos (y el idioma) abiertos.  

Para que esta poesía esté invisibilizada conspiran varios factores: editoriales pequeñas; falta de apoyo estatal; ausencia de publicaciones (libros, revistas, portales) con alcance internacional; escasos canales, flujos y contactos con autores, críticos, editores, traductores y divulgadores de otras naciones. Pero, sobre todo, en el trasfondo, planea una suerte de enfermedad nacional que aqueja también a muchos poetas: la mediterraneidad espiritual. 

Ésta consiste en creer, en los niveles subconscientes, que la ausencia de una salida al mar, a un mar arrebatado, encerró a los bolivianos, condenándonos a una suerte de confinamiento más allá (o más acá) de lo geográfico, tan determinante que de él no pueden escapar ni las palabras.  Mucho hay de victimismo –y de ignorancia de la propia condición amazónica y platense del país- en esta mirada, en este mito que han alimentado los políticos (y la educación diseñada por los políticos) durante décadas, para solapar sus propias incapacidades.

En el caso de la poesía boliviana, esta malade se ha traducido en lo que llamo una insularidad mediterránea (primera paradoja). Se trata de una poesía atípica, signada por el ensimismamiento y por la asincronía -este concepto es del poeta Gary Daher- respecto a las corrientes o a las vertientes estéticas, e incluso respecto a las discusiones que atravesaron y atraviesan la poesía escrita en nuestro idioma.

Esta, por cierto, no es una valoración negativa. De hecho, la insularidad de esta poética ha cuajado no pocas veces (y esto al margen de las infaltables medianías narcisistas) en una valiosa originalidad y en una gran potencia creativa, crecidas a las márgenes de otras poéticas, constituyendo una suerte de periferia central del continente (segunda paradoja).

Como decíamos al principio, poco se sabe en los circuitos internacionales acerca de la riqueza de esta poesía, de su tradición y de su actual vitalidad, en unos años en que precisamente la insularidad que le ha sido -y aún le es- característica comienza a diluirse, de la mano de la tecnología, las transformaciones glocales y la activa curiosidad de las nuevas generaciones de poetas, ya curados de los males del siglo pasado (o al menos en franca mejoría).

Como una pequeña contribución a la visibilización de esta poética y a su hacerse presente en el mundo, comenzando a disipar interrogantes exteriores y mitos interiores, accedí a la invitación de Alí Calderón para preparar un dossier de poesía boliviana que tomara en cuenta a diez autores, para su publicación en Círculo de Poesía.

Pude haber elegido a los tótems de la poesía boliviana –como Ricardo Jaimes Freyre y Franza Tamayo-; a sus piedras miliarias –pienso en Oscar Cerruto y Jaime Saénz-, o a relevantes poetas cuya obra se desplegó y alcanzó madurez en la segunda mitad del siglo XX y que ahora merecen ser releídos, estudiados y antologados, como de hecho ya viene ocurriendo con algunos de ellos (Edmundo Camargo, Blanca Wiethüchter, Roberto Echazú, ya fallecidos; Pedro Shimose, Eduardo Mitre, Matilde Casazola, Jesús Urzagasti, Humberto Quino, Fernando Rosso y Juan Carlos Orihuela, entre otros poetas que continúan produciendo). 

Sin embargo, pues su obra es la que mayor visibilidad e impulso precisa, opté por elegir a diez autores en plena y presente madurez poética, actuales frutos en sazón; diez poetas nacidos en un arco que va desde mediados de los 50 hasta mediados de los 70 del siglo pasado y que son quienes han publicado la mayoría de los libros de poesía más significativos, en diferentes registros estéticos, de la primera década de este siglo. No son poetas del siglo XX, en sentido creativo: son diez poetas del siglo XXI (tras los cuales viene otra valiosa generación más joven, de la que habrá tiempo de ocuparse más adelante, con nombres como Jessica Freudenthal, Emma Villazón, Janina Camacho, Sergio Gareca, Pamela Romano, Diana Taborga, Carolina Hoz de Vila, Pablo Carbone, Vadik Barrón, Paola Senseve y otros).

Cabe apuntar que busqué tejer una selección que abarcara no solamente a poetas nacidos o que desarrollan su obra en la ciudad de La Paz (un vicio del centralismo boliviano, también extendido a la literatura, suele preferirlos), sino también en las ciudades de los trópicos amazónicos y los valles centrales.

Están pues comprendidos Gary Daher (1956), Marcia Mogro (1956), Homero Carvalho (1957), María Soledad Quiroga (1957), Juan Cristóbal Mac Lean (1958), Gustavo Cárdenas Ayad (1961), Benjamín Chávez (1971), Oscar Gutiérrez Peña (1971), Mónica Velásquez (1972) y Paura Rodríguez (1973).  Vilma Tapia (1960) debió estar incluida pero declinó estar presente en esta breve muestra, que busca ser apenas una primera y parcial respuesta a ese signo de interrogación que es -aún- la poesía boliviana, esa desconocida.



(*) Poeta  y periodista boliviano, nacido en 1972.  
Sobre el autor

22/08/2011

SERGIO GARECA, EL POETA MENOS ORUREÑO QUE SE CONOCE / Juan Carlos Ramiro Quiroga

Conozco el límite de mi encierro.
Sergio Gareca

1. La poesía de Sergio Gareca  (Oruro, 1983) tiene un éxito indescriptible en los reducidos ambientes de la lectura de poesía tanto de Oruro como de La Paz. Se parece mucho a unos fuegos artificiales en el cielo de Oruro y a una bengala en el cielo de La Paz. Azoro y expectativa producen sus poemas. Una imagen encendida que se queda pegada a las pupilas perdurablemente.

2. Quizás desde que fuera descubierto por la revista de poesía y otras escrituras del entre acá “Mar con soroche” en marzo de 2009 (Santiago-La Paz), que difundió a modo de epígrafe el hasta entonces inédito Croema, la poesía de Sergio Gareca ha recorrido vertiginosamente un ámbito no acostumbrado a los cambios imprevistos, sino a la dificultad y cierto recelo con el iniciado en los trabajos verbales. Y su iniciación ha sido deslumbrante, con un lenguaje no-lenguaje a la altura de la efervescencia poética internacional. Me refiero a Bostezo de serpiente infinita. Poesía visual (2009), libro casero con el que Gareca se coloca a años luz de la tradición poética de Oruro.

3. Después de Edwin Guzmán Ortiz, un orureño de ralea, o después de Eduardo Nogales Guzmán, el más orureño de los poetas con vida, o después de Benjamín Chávez, Premio Nacional de Poesía 2006, además orureño de paso, Sergio Gareca es el poeta menos orureño que se conoce. Paradójicamente, por obra y gracia de su vocación poética que lo trasciende, es el poeta más nacional e internacional que ha arrojado el puerto seco de Bolivia.

4. Inconfundible en ese salto poético, la de Sergio Gareca no tiene correspondencia con ninguna de las poesías creadas en Oruro. Salvo consigo mismo,  su poesía se abre paso como una veta de estaño, con una alta pureza verbal que empieza a ser celebrada no sólo en ciudades de Santiago de Chile, sino en La Paz, en Oruro, y en Santa Cruz de la Sierra.

5. ¿Quién es Sergio Gareca? Un gran lector de su propio yo y su circunstancia. Alguien que podría hallar poesía en alguna vocal, en un perro vagabundo, o en cierto moscardón. Un personaje que fácilmente podría vestir  la negra certidumbre del tedio, o jugar un carnaval a su propia medida y paso, con la única máscara soportable en los socavones de la angustia –la Diablada.

6. No lo digo en broma ni mucho menos, pero Sergio Gareca es una sátira salida de las epístolas de Horacio que no sólo da un tranco poético (de caporal negrero), sino dos, tres, cuatro y cinco coces verbales en un círculo al parecer rubricado por la poquedad creativa, la seriedad asfixiante, y una fertilidad aparente. Así, el joven poeta de Oruro hace trizas la sentencia de caras vemos, corazones no sabemos.

7. Como la de Carito Hoz de Vila o como la de Jessica Freudenthal, la poesía de Sergio Gareca está cargada de esa felicidad del lenguaje contemporáneo, que a veces no es mera libertad ni mero libertinaje, sino gracia poética de género con la que se podría crear zombies plásticos y simpáticos, o caperucitas rojas que visten mariquitas con rostro de lobo.

8. Acaso Mirador (2011), que ahora es dueño el Grupo Editorial La Hoguera, no es el mejor libro de Sergio Gareca, pero sí el más simpático. Llega justo, después que el autor ha sido merecedor del premio nacional de poesía “Poetas Jóvenes de Bolivia” que fue otorgado por la fundación Pablo Neruda de Chile y la Cámara Boliviana del Libro por el libro Transparencia de la sangre (2010).

9. Casi una antología personal, Mirador funciona como un tendedero, adonde el autor saca los trapos al aire para que el lector, acaso fingidor y nunca inocente, encuentre posiblemente unos agujeros en el calcetín, algunas hilachas en la camisa, ciertos remiendos en el pantalón, pero también –si mira atentamente– el vellocino de oro en la “Pequeña acción militar con fondo musical wagneriano” y en la “Relación de un ser superior”.


Texto leído por Juan Carlos Ramiro Quiroga en el acto de presentación del libro "Mirador", de Sergio Gareca, en la XVI Feria Internacional del Libro 2011 (La Paz).

31/07/2011

TIEMPO DE SIRENAS: UN RITUAL DE ENCANTAMIENTO / Carito Hoz de Vila

El canto de las sirenas siempre fue un misterio. Desde el principio de la vida ha sido perdición de marineros y héroes. Su belleza confundía hasta la plenitud y enloquecía los oídos. Escucharlas era sumirse en un trance, donde uno se exponía al peligro de morir, en un mar sin escape. Escribir es un acto similar de delirio: navegar en una incertidumbre, donde más se tiende a perder que a ganar. Exponerse a un azar, en la marea de un papel en blanco, es crear: el riesgo de dar vida a mundos prohibidos.

Adriana Lanza en su última obra, Tiempo de sirenas explora la travesía de hacer poesía, en una casa de “señales insólitas” como lo es la escritura, donde la palabra salva mundos de la muerte, y trae conocimientos de un más allá, sin saber a ciencia cierta qué  consecuencias traerá. Escribir es un acto de brujería. El peligro nace en esa curiosidad de crear y tocar la arcilla de lo desconocido. “Dejemos de lado las ideas de los cuerpos para postrarnos ante las sombras.” La poeta, al husmear historias, seres y emociones que permanecen intactos en la dimensión de sus sueños, se enfrenta a un despertar violento de la consciencia universal. El canto de sus palabras, al igual que el canto de las sirenas, se introduce a un mar de revelaciones aniquiladoras. Habitando las profundidades de su imaginación, estas sirenas arrastran fuerzas sobrenaturales, con el sólo acto de su invocación. Las palabras son un conocimiento que embellece y  desconcierta a la vez. La poeta viaja en ellas, se lanza a la aventura de llamarlas, escuchándolas y se pierde en sus fantasmas.

 “Algo te nacerá si apuntas al laberinto de la oreja /sin zurcido posible, /como cualquier otro hueco del cuerpo.” La iluminación trae el horror, cuando no está preparada para descubrir secretos de otros mundos, y poder manejarse con soltura entre ellos. Quizás porque hacerse preguntas es el delito de enojar al destino. “Te completas reviviendo el pasado/ cuando sin un pelo de hambre/miraste lo que no sabías./ Y te mostró colmillos.” Aún así, Adriana se introduce en la máquina del tiempo, presiona el teclado y viaja por las letras de su cuerpo y de todos los mundos. Adriana o Ariadna, al igual que una tejedora, se atreve a indagar en la tela de un Dios ilegible, para saber un poco quién  es y de qué está hecha en su origen. Esto la hará más a fin al mundo y la certeza de vivir. “El juego entre ser antigua y actual, /adolecer por estar prendida al mundo.” Su canto es la invocación sagrada al canto de un Diosa, la poesía, que en su forma de sirena, enloquecerá a Dios y lo hará hablar en una belleza incomprensible y total. “Muéstrate tal y como quieras, una más en la neblina de tu tiempo nuevo, /sumergida con cuerpo de sirena cantándole a Dios para enloquecerlo.”

El personaje de la sirena lo encarna a la vez esta poeta, en tanto bruja, mitad animal marino y  mujer terrestre, mitad ninfa y ama de casa, viviendo el conflicto de una doble vida, entre la realidad y el sueño; entre ser mujer que responde por sus obligaciones sociales como madre y trabajadora, o ser la diosa del arte, la loca y rebelde, que en sus visiones de poeta trastoca los principios de la vida. Entre ser común y corriente o una criatura mítica, transcurrirá su dilema, que sólo se resolverá con la fusión de estas dos identidades y la reconciliación de su oscuridad con su luz. Así, una galería de monstruos y seres mitológicos irán saliendo y entrando de su boca, una y otra vez, y poniendo en crisis sus debilidades y fortalezas. La escritora se expondrá a los demonios de su creación, en un ritual que partirá de la invocación, llegará al diálogo, luego al grito (desahogo) y desembocando en el silencio, encontrará su sanación. “Escribir sólo te salva./ Desflora la presencia que te ampara. /Tradúcela en iluminaciones pendientes/ de tus ojos a miradas antiguas.” 


Tiempo de sirenas
Te nombro diosa porque te hice una corona, brillante, esmerilada. No sé cómo invocarte si no es con ofrendas. Lo superficial me trasciende, me desmorona. No aparecen todas las voces en mi garganta. Cada uno canta como le viene, sintiéndose menos,  jurándose más en la esfera. Siempre solo escucha su I- Pod y entra en sí mismo. Ni el más ateo olvida a dios. Escribir con los dedos en vez del alma, es la mejor manera de tocarte mi reina. Hacer tus formas voluptuosas o ridículas. Pero que seas tú con lamentos y festejos en la soledad. Muéstrate tal y como quieras, una más en la neblina de tu tiempo nuevo, sumergida con cuerpo de sirena cantándole a Dios para enloquecerlo.

 
Adriana Lanza nació en La Paz Bolivia el 2 de noviembre de 1978. Estudió en la Carrera Experimental de Arte Mención Literatura en la Universidad Católica Boliviana. Realizó una Maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Mayor de San Andrés. Publicó los libros Primer alumbramiento (Ofavim 2005), Libro de armar ( Preview Gráfica 2009) yTiempo de sirenas (Gente Común, 2011).